Apenas comienzo el libro de Andrés Oppenheimer, Cuentos chinos, y debo reconocer que su planteamiento me ha atrapado.

La idea de cuestionarse si los discursos de políticos y organismos internacionales que hablan de mejorías y desarrollo para los países de América Latina son verdad o, por el contrario, “puro cuento”, se las trae.

Apenas comienzo y ya tengo discrepancias con respecto a algunas de sus concepciones de desarrollo y bienestar. Entiendo que China es un “caso de éxito” del capitalismo -¿paradójico que sea un país comunista, no?- pero el modelo actual chino deja muchas dudas desde el punto de vista económico, social y ecológico.

Y a pesar de que apenas inicio el libro, es inevitable que encuentre parecido ese retrato que hace el connotado periodista del candor latinoamericano con nuestro país. Hemos querido alejarnos de ciertos patrones que distinguen a nuestros países -y en muchos aspectos lo ha logrado- pero me da la impresión, por estos días cada vez más, que somos una nación de medias tintas, de indecisión, de serrucho y que pierde de vista lo importante en el impulso del país, por estar pensando en temas baladíes.

Vamos a ver qué más depara el libro. Pinta vacilón.

Lo escribí el viernes pero el corte repentino de la electricidad me impidió publicarlo. Ya se sabe lo que pasó, pero era sencillo preverlo.

Son obreros de la construcción en su mayoría.

Nada los exime de levantarse temprano y llegar a tiempo al trabajo. Sienten el calor creciente de la mañana, reciben en su nuca el sol del mediodía y terminan agotados al ponerse el sol.

Saben batir “mezcla”, pegar blocks, repellar paredes. Pero también aman el fútbol y a su país.

Sin que nadie les pague un cinco, entrenan con su equipo después de una extenuante jornada. ¿Qué los mueve? La pasión, el amor, la convicción, el sentimiento, el país. Póngale algo. Definitivamente, el dinero no es. La fama tampoco.

Mañana ese grupo de trabajadores (de verdad) se enfrentará a la flamante Selección de Costa Rica. La que tiene legionarios que disfrutan los goces de Europa. La de salarios millonarios –en esta tierra de salarios mínimos— y “premios” por debajo de la mesa si ganan partidos por los cuales ya les pagan (¡?). La de jugadores que persiguen las modelos como moscas a la miel. Esa misma plagada de figurines de farándula que repiten las mismas frases vacías y prefabricadas frente a una cámara, frente a un micrófono. La que se concentra en hoteles de montaña, de playa, cinco estrellas, con dietista, masajista, preparador físico y un largo séquito de asistentes y especialistas.

“No esperen goleadas”, dijo el técnico, proveniente de la misma simiente que prohijó a sus pupilos. “Granada es un buen equipo, las distancias se han acortado mucho”.

Lleva razón. Granada es un gran equipo. Mejor que Costa Rica. Sus jugadores tienen algo que los nuestros perdieron hace mucho tiempo. Humildad, grandeza, pundonor. No basta decir que “lo daremos todo”. Hay que demostrarlo y parece que nuestro equipo no lo ha hecho.

No sé si Granada supere mañana a Costa Rica en el marcador, pero para mí ya ganó.

Esto nos desnuda como equipo, como país y, en lo personal, me interpela directamente.

Playa Hermosa

Hay momentos en que un post se convierte en parto. Uno deja de venir por este lugar, como pensando que no tiene nada que hacer en él. Nada más falso. Es en esas ocasiones cuando uno debe imponerse escribir algo. Lo que sea, como sea.

El fin de semana pasado me fui para la playa. Como suele pasar, vine igual de blanco que siempre. No voy allá para broncearme (un piel bronceada es un piel lastimada, le escuché a un dermatólogo). Yo voy a broncearme el espíritu. Con fiesta, lectura, música, buenas vistas y, a veces, con compañía.

Me encanta sentarme en la playa y mirar el mar. Entonces pienso más claro, o eso pienso. Tenía muchos fines de semana de trabajar, así, de domingo a domingo. Y este que pasó no debió ser la excepción. Me aguardaban asuntos muy urgentes. Pero creo que lo más urgente era sanearme la mente y respirar un aire diferente. Creo que lo logré.

Ignoro si todavía venís. Si, muy de vez en cuando, por ocio, por inercia, pasás por aquí.
Si así es, espero que sepás que ya no te espero. Que ya no te incluyo subrepticiamente en algún post. La administración de este sitio decidió rescindirte el contrato de inspiración a destajo, de nostalgia editorial.

Esto lo tenía entre pecho y espalda. “Papá” murió hace una semana.

Quisiera agradecer a quienes, de forma cuantiosa y solidaria, nos dieron su cariño y compañía, física o espiritual. Creo que lo más difícil no fue dejarlo ir –su prolongada agonía era lacerante para todos– sino presenciar la despedida de mi abuelita y mis tías, sobre todo la que ha vivido con ellos dos, en la misma casa, toda su vida.

Su descanso nos inundó de tranquilidad y su presencia se siente en todas sus palabras y enseñanzas. Cuando mi amiga Adri Ramírez lo conoció, Papá le dijo que él era como un perico: a veces estaba arriba, a veces estaba abajo, pero antetodo estaba bien agarrado de la rama. Por eso, Adri lo bautizó desde ese día “el abuelo perico”.

No cabe duda que su vida estuvo llena de penalidades y sacrificios, pero él siempre se sujetó de la rama. La de él era la rama de los valores inclaudicables, la rama de la fe inquebrantable y las firmes convicciones. Con el amor que siempre nos dio, en realidad se convirtió en tronco y de él brotamos todos sus hijos, nietos y bisnietos, como ramas que esperan sostener una prolífica estirpe de gente pobre, sencilla, pero honrada y trabajadora

Descansa mi viejito, pero no se fue. Aquí lo siente todavía su nieto, el que tanto se le parecía a su paisano, el astuto “Nayo Coto”.

Por más que le doy vueltas no se me ocurre otra cosa. Se trató de una broma, una pesada broma. Una conjura para tomarnos el pelo a la “piña” de inocentes que nos ilusionamos con cosas así.

Tengo un amigo que se pasa enviando spam con todo tipo de “tonteras”. Así que, cuando recibí un correo suyo con fotos que mostraban lo maravilloso que era trabajar en Google lo asumí como otro de sus correos basura.

Las imágenes provenían de uno de los blogs del diario español El Mundo, Gadbetoblog, y reseñaban la visita de su editor, Ángel Jiménez de Luis, a las oficinas de la empresa en Zurich, Suiza.

Como advierte el mensaje, las fotos despiertan la más terrible envidia de las envidias. Recepción con puffs multicolores, toboganes y tubos deslizadores en lugar de ascensores, cafeterías con exquisita comida subvencionada, así como gimnasio, sala de relajación, masajes, billares, estudios para rockear y bibliotecas acogedoras, eran algunas de las bellezas con que, supuestamente, el magnánimo patrono premiaba a los googlers.

No le di más importancia de la usual; después de todo era otro de esos mensajes que circulan como bancos de peces en la red. Al menos no hasta el miércoles 16 de abril, cuando un sorpresivo y sorprendente comunicado de Casa Presidencial circuló con el anuncio de que esa empresa –dueña del más meteórico ascenso que compañía haya experimentado en el mundo— ¡pensaba abrir una sede regional en Costa Rica y en el corto plazo!

Semejante bomba explotó como si le hubieran arrimado un fósforo a un “estañón” de pólvora. Conocidos, colegas, amigos. Nadie podía creer la buena fortuna. Después de todo, no todo lo que circula en la red es mentira y quizás muchos ticos pronto nos deslizaríamos por un tobogán o jugaríamos a ser rockstar durante la jornada laboral.

Duró lo que duran los sueños demasiado buenos para ser realidad. Menos de 24 horas después, el vocero de Google para América Latina estaba desmintiendo al gobierno. “Por el momento no nos estamos planteando abrir en Costa Rica una oficina regional, pero sí queremos mejorar allí la atención a nuestros clientes”.

Al baldazo de agua fría, siguió el mutismo oficial, el rubor de la pena ajena (o propia) y una tardía e incoherente explicación que desdecía lo que sobre papel membretado ya se había puesto. Definitivamente la red está llena de fiascos… y Costa Rica también.

Más de un aficionado florense recibió con sorpresa la noticia de que Paulo César Wanchope es el nuevo técnico del Club Sport Herediano.

Wanchope –junto con Hernán Medford– es de los futbolistas costarricenses que me han impresionado más; no solo por su destreza dentro del terreno de juego, sino también por su comportamiento ecuánime y manejo saludable de su carrera profesional.

A pesar de eso, mucha gente se pregunta: ¿está Chope capacitado para asumir las riendas de un convulso club grande cuando apenas hace unos meses estábamos viendo su despedida de las canchas?

Más allá del ámbito deportivo, importantes empresas –sobre todo las transnacionales de servicios que ingresan con amplias demandas de trabajadores—están colocando gente cada vez más joven a la cabeza de sus equipos de trabajo.

En ningún lado está escrito que una persona joven, sin demasiada experiencia, no puede ejercer un liderazgo y alcanzar el éxito. Sin salir de la cancha, tenemos los ejemplos de noveles estrategas, como Jeaustin Campos, Luis Diego Arnaez y Juan Carlos Arguedas, quienes llevaron al banquillo su juventud y espíritu combativo en pos de una meta colectiva.

Es posible que antes se tardara más en hacer carrera dentro de una organización o empresa. Hoy eso ha cambiado. La antigüedad pesa menos que la preparación o la competitividad a la hora de llegar a los puestos más apetecidos.

Pero, mucho ojo, la soberbia es mala compañera de la inexperiencia. Un título bajo el brazo, el autoritarismo o los “delirios de grandeza” no sustituyen el conocimiento histórico, fundamental en cualquier cometido humano.

Un buen jefe no tiene por qué ocultar su inexperiencia. Reconocerla y rodearse de colaboradores leales que le apoyen a la hora de tomar una decisión demuestra madurez y jamás debe menoscabar la autoridad.

En mi carrera, connotados jerarcas y gerentes me han solicitado mi opinión en importantes asuntos. Además de admirarlos y respetarlos, me han enseñado lo lejos que se puede llegar escuchando y no considerándose infalible.

Reconocer la inexperiencia y admitir consejos u opiniones de otros colaboradores con mayor experiencia también despertará el interés por un buen trabajo de equipo. Si quiere alcanzar las metas de su equipo, el buen jefe –joven o con experiencia—debe aprender a confiar en sus colaboradores.

Anoche falleció Nelson Barraza Künsting, ejecutivo en reconocidas agencias de publicidad nacionales e internacionales y gran amigo y caballero.

Don Nelson falleció después de una complicación que se le presentó con una pulmonía. Con él tuve la oportunidad de trabajar algunos proyectos conjuntos entre su agencia y la mía, pero sobre todo de aprender y disfrutar de su característica amabilidad y don de gentes.

No puedo decir que sea bonito despedir a un amigo, pero sus hijos me hicieron sentir hoy que no partió, que estaba entre nosotros. Las palabras de Vivi, Pato y Nelson hijo estaban llenas de recuerdos vivos de un hombre que, como dijo Vivi, siempre tuvo el “defecto” de perdonar una, dos, tres o más veces las trastadas de las personas. “Creía en la bondad de las personas. Yo siempre lo vi como un defecto, ahora pienso que quizás es una virtud”, dijo su hija.

Soy testigo de eso. Tenía memoria corta para el reclamo, el resentimiento o el enojo; pero un gran sentido del honor y el valor de la amistad. Recuerdo sus trazos en pizarra blanca, cuando me explicaba los detalles de un proyecto, las particularidades de una cuenta o me pedía mi opinión de periodista.  Hay personas que le dejan una huella a uno y don Nelson Barraza dejó una perenne en mí. Hasta pronto amigo.

Paz a él en el cielo y resignación y fortaleza a su familia en este duro momento.

Hace días que no incluyo acá la columna semana que escribo para Vuelta en U. Esta se publicó este lunes 31 de marzo.

Como bacterias diminutas, algunos hechos noticiosos ocultan realidades insospechables; sus efectos no los tendremos claros hasta su propia materialización.

Algunas de las noticias económicas que nos llegan tienen una implicación notoria en nuestra vida diaria y es probable que al pasar de unos dí­as su influencia se haga sentir.

Por ejemplo, si el petróleo sube y sube, Recope no tardará en pedirle a la Aresep un aumento en el precio local y la próxima vez que visitemos la gasolinera, tomemos un taxi o simplemente paguemos el bus nuestro bolsillo lo sentirá.

Otros hechos, en cambio, son más difí­ciles de digerir; sus efectos quizás no los tengamos tan claros. Son como bacterias diminutas, pero tarde o temprano sentiremos sus efectos -y estos pueden llegar a repercutir a niveles inimaginables-.

Uno de esos casos es el de la crisis que empezó a darse en Estados Unidos a raí­z de las famosas hipotecas subprime, por medio de las cuales los bancos le prestaban dinero a deudores con poca capacidad de pago. Hoy sabemos que llegaron a prestar a clientes NINJA (siglas en inglés para “sin ingresos, empleo ni bienes”).

El traslado de esos créditos de una entidad a otra, el desconocimiento de los inversores sobre los riesgos asumidos, las fuertes cuotas que tení­an que asumir los deudores y la consecuente morosidad generó una espiral de alarma y desconfianza que, finalmente, devino en una contracción del crédito y la caí­da de las bolsas.

Cuando más riqueza tenga -o crea tener- un consumidor, más gasta. Este fenómeno económico se conoce como efecto riqueza. Al caer el valor de sus viviendas debido a la crisis, los estadounidenses empezaron a sentirse más pobres y, como consecuencia, a gastar menos.

Para contrarrestarlo, la FED (Reserva Federal de Estados Unidos) ha recortado de forma pronunciada las tasas de interés para incentivar la producción y el consumo. Con ello obliga a paí­ses como Costa Rica a seguir sus pasos y así­ evitar el ingreso de capitales especulativos (los que buscan beneficiarse con la diferencia de intereses).

Es posible que la situación de Estados Unidos nos contamine, esperemos que no mucho. Exportamos más de la mitad de nuestros bienes a ese paí­s y muchas empresas transnacionales contratan personal costarricense para dar servicio a clientes estadounidenses.

En todo caso conviene ser cautos. Aunque las amplias facilidades y bajos intereses nos impulsen a pedir dinero prestado para comprar computadora, carro, casa o simplemente consumir, pensémoslo muy bien a la luz de nuestra situación actual y futura.

No vaya a ser que estemos siguiendo el peligroso camino de los consumidores estadounidenses.