La semana pasada estuve revolcándome la jupa, a ver qué podía escribir. Tenía la impresión de que con el cambio de cuchitril había bajado el ritmo de “producción”. ¡Qué carajo!, me dije. Uno tiene el derecho (y el deber) de no hacer nada cuando siente que lo va a hacer por obligación y no existe un motivo o inspiración espontánea que le mueve esa fibra que conecta cerebro, corazón y manos.
Al menos eso aplica para las cosas que hacemos por gusto. Esas por las que nadie nos paga pero que, a menudo, hacemos con más aprecio y dedicación que aquellas que traen consigo una trasferencia bancaria, un cheque, un fardo de billetes o algún otro activo no tan circulante (pucha, se me salió lo “cuentacincos”, como nos decían en el Voca a los contadores).
No es que hoy la cosa haya cambiado mucho. Tengo cierta desidia de escribir sobre ciertos temas que pensé para un post. Pero algo más me movió a escribir. El lindo día que anuncia, con preocupante antelación climática, la cercanía del fin de año, de la Navidad.
El otro día me contaba mi amigo Diego Badilla acerca de las propuestas de campaña que le habían hecho a un importante cliente de su agencia. Dentro de ellas destacaba una que era sobre las cosas que nos confirman que llegó la Navidad (mucho ojo con copiar la idea, porque la propuso McCann, jeje). Que alguien le ponga “ringtone” navideño a su celular, las ostensibles luces en las casas, la puesta del pasito y la infaltable presencia del tamal en el menú, eran algunas de las que componían ese publicitario recuento.
Además de esas, me puse a pensar en otras cosas que me anuncian la llegada de Navidad. Cito las principales (de las muchas) e invito a cualquier otro apasionado de la época a agregar las suyas:
1. El clima, bueno todavía se vienen unos baldazos de Apocalipsis, pero con el cambio climático también parece que el sol veraniego y los vientos alisios llegaron un poco antes.
2. Que mi mamá me pregunte si ya sé en cuál emisora empezarán primero los programas de villancicos. De ella heredé el espíritu festivo y ver su rostro morenito y esos ojos verdes brillar por la llegada de la Navidad es quizás la muestra que más regocijo me causa.
3. Ver a los “recolectores de la fruta” esperando a que pase el camión, aunque ahora vivo en San José y no puedo ver esta escena típica de mi natal Heredia, me trae una nostalgia pensar en mis tiempos adolescentes de “cogedor de yodo”.
4. Escuchar por primera vez en alguna soda, pulpería, mercado o en la propia radio del carro los dos “clásicos tropicales” de la época: “Los dientes de pánfilo” y “Navidad sin tí”, de los Bukis. !Polísimo y buenísimo, a la vez!
5. Ver cómo empiezan a poblarse orillas de calle, lotes baldíos y otros lugares con ventas de luces, pesebres, adornos, colochos y varas raras.
6. Los anuncios de pueblo o mercado donde se ofrece: manteca de cerdo, tocino, hojas de tamal y molinos de maíz.
7. Escuchar a la gente hablar del aguinaldo y los “planes” que tiene para él.
8. La jacha de felicidad de los chamacos de escuelas y coles ante la llegada de fin de año y la inminente salida de clases.
9. Los ríos de gente en cuanta tienda y centro comercial hay.
10. De unos añitos para acá, el anuncio y espera del Festival de la Luz (al cual no siempre asisto).