Hace un año y nueve meses La Nación me publicó este artículo.

Hoy, en medio de una situación que no ha hecho si no empeorar, me acordé de eso. Mi abuelo, a quien nos acostumbramos a llamar “Papá”, está muy mal. A su edad, soportar el cáncer le ha vuelto tormentoso el andar por esta vida (si se puede llamar así a estar postrado en una cama, con el dolor como única conciencia de estar vivo y dependiendo de otros para hacer absolutamente todo).

A Papá, católico conservador a ultranza, le ha dado por pelearse con el Corazón de Jesús que cuelga en su cuarto, le reclama por ingrato, porque lo tiene así. A ratos las tenazas inquisidoras de su enfermedad le devuelven algo de conciencia y entre la rayita negra y sufrida de sus ojos asoma un brillo acuoso, señal de que está mirando. ¿A quién mira, Papá? A mi madre (no a “Mamá”, que es mi abuela). Ella no se separa de su lado, le alimenta (algo cada vez más difícil), le da medicamentos, lo asea.

Casi inaudibles, salen de sus labios las palabras: “¿Quién es usted?”. “Soy Nelly, papá, su hija”. Con notable esfuerzo él la espeta: “¿Cuál hija? Yo no tengo hijos”.

Ahí recostada en el marco de la puerta, como si la abrumara el peso de su corazón oprimido, se queda mirándolo la mayor de los diez hijos vivos, de los diesciséis que engendró Rudencido Gómez, jornalero y albañil nacido en 1918 en Cartago.