Yo pensaba que soy heterosexual porque me gustan (y mucho) las mujeres. Gaby me sacó de mi “restringida” forma de pensamiento durante la hora del almuerzo.
Ese sagrado momento del día acostumbro a leer los periódicos. Con ellos me medio informo, me entretengo y, en el caso de Al Día y los viernes la Extra, me refresco la vista con las chiquitas (algunas no tanto) que aparecen en medio de notitas sobre chismes intrascendentes de poquísima monta.
Pues resulta que en esas estaba cuando mi amigo y abogado Willy, a la sazón de paso por la oficina, preguntó a las chicas si a ellas no les gustaba también ver a los caballeros (estamos claros de que no Porcionzón ni Edgar Silva) en calzoncillos.
Empezaron ahí las elucubraciones femeninas acerca del porqué prefieren verlos vestiditos, ojalá con uniforme (y luego dicen que el fetichista es uno), bien arregladitos y toda la cosa; que en ropa interior (ah carajo).
El riesgo con semejantes muñecos de queque, a criterio de Gaby, era que resultaran ser gays.
Según su teoría, un hombre es sospechoso de ser gay cuando, entre otras cosas:
1. Va a que le arreglen las uñas (algo conocido con el tecnicismo de “pedicure”).
2. Se preocupa de que su ropa esté correctamente planchada.
3. Recorta su cabello semanalmente (y en “salón de belleza”).
De más está decir que hacer o dejar de hacer esas cosas no restan ni agregan hombría. Pero me llamó la atenció que bajo esa lógica, definitivamente no sería gay porque:
1. Suelo cortarme las uñas cuando me doy cuenta de que me puedo herir o hacerle daño a alguien sin intención. Si estoy en la casa tengo cortaúñas, si la conciencia me llega en cualquier otro sitio, hasta una tijera es buena. ¿Lima? ¿Qué es eso?
2. Después de dejar la casa, comencé a traer ropa bien planchadita hasta que conocí un ser maravilloso llamado Leonarda, de agradable visita todos los martes. Antes de eso, recuerdo el día en que Johana me preguntó: “¿Vos mismo te planchás la ropa, verdad? Sí, ¿por qué?, le respondí. Porque ese pantalón tiene dos líneas donde debería haber solo una.
3. Mi peluquera (no me acostumbro a llamarla “estilista”) es una mujer agradable y simpática, además de bonita. Pero suelo visitarla a duras penas cuando la gente me empieza a llamar la atención por el colochero que se me arma por todo lado en la cabeza. A eso hay que sumarle que no le puedo poner la jupa a otra persona que a esta mujer, y su salón es en Heredia, lugar que solo visito los domingos para ver a mis papás.