Hace días que no incluyo acá la columna semana que escribo para Vuelta en U. Esta se publicó este lunes 31 de marzo.
Como bacterias diminutas, algunos hechos noticiosos ocultan realidades insospechables; sus efectos no los tendremos claros hasta su propia materialización.
Algunas de las noticias económicas que nos llegan tienen una implicación notoria en nuestra vida diaria y es probable que al pasar de unos días su influencia se haga sentir.
Por ejemplo, si el petróleo sube y sube, Recope no tardará en pedirle a la Aresep un aumento en el precio local y la próxima vez que visitemos la gasolinera, tomemos un taxi o simplemente paguemos el bus nuestro bolsillo lo sentirá.
Otros hechos, en cambio, son más difíciles de digerir; sus efectos quizás no los tengamos tan claros. Son como bacterias diminutas, pero tarde o temprano sentiremos sus efectos -y estos pueden llegar a repercutir a niveles inimaginables-.
Uno de esos casos es el de la crisis que empezó a darse en Estados Unidos a raíz de las famosas hipotecas subprime, por medio de las cuales los bancos le prestaban dinero a deudores con poca capacidad de pago. Hoy sabemos que llegaron a prestar a clientes NINJA (siglas en inglés para “sin ingresos, empleo ni bienes”).
El traslado de esos créditos de una entidad a otra, el desconocimiento de los inversores sobre los riesgos asumidos, las fuertes cuotas que tenían que asumir los deudores y la consecuente morosidad generó una espiral de alarma y desconfianza que, finalmente, devino en una contracción del crédito y la caída de las bolsas.
Cuando más riqueza tenga -o crea tener- un consumidor, más gasta. Este fenómeno económico se conoce como efecto riqueza. Al caer el valor de sus viviendas debido a la crisis, los estadounidenses empezaron a sentirse más pobres y, como consecuencia, a gastar menos.
Para contrarrestarlo, la FED (Reserva Federal de Estados Unidos) ha recortado de forma pronunciada las tasas de interés para incentivar la producción y el consumo. Con ello obliga a países como Costa Rica a seguir sus pasos y así evitar el ingreso de capitales especulativos (los que buscan beneficiarse con la diferencia de intereses).
Es posible que la situación de Estados Unidos nos contamine, esperemos que no mucho. Exportamos más de la mitad de nuestros bienes a ese país y muchas empresas transnacionales contratan personal costarricense para dar servicio a clientes estadounidenses.
En todo caso conviene ser cautos. Aunque las amplias facilidades y bajos intereses nos impulsen a pedir dinero prestado para comprar computadora, carro, casa o simplemente consumir, pensémoslo muy bien a la luz de nuestra situación actual y futura.
No vaya a ser que estemos siguiendo el peligroso camino de los consumidores estadounidenses.


