
En San Rafael de Heredia la misa del Sábado Santo es una de las más largas y sentidas del año. Muchos feligreses asisten a la bendición del cirio pascual, luz divina, justo un día después de la muerte de Jesús y uno antes de su resurrección.
Lo que se vive en ese templo gótico contrasta con lo que sucede a poca distancia de allí. Desde la mañana, jóvenes, y otros no tanto, se dedican a buscar llantas, trozos de madera, muebles rotos, electrodomésticos inservibles y cuanto chunche que prenda fuego. El objetivo: construir barricadas en plena calle e incendiarlas apenas caiga la noche.
Aunque en otros sitios del país —y del resto del mundo—se “quema al Judas” con un muñeco de trapo, en este y otros cantones la tradición ha devenido en actos del más puro vandalismo, transgresión de la propiedad privada, el derecho de libre tránsito y el principio de autoridad.
Por temor a los disturbios, muchos vecinos llevan sus carros a otros sitios, montan guardia frente a su casa y, ante la insuficiencia de policías (en San Rafael los “importan” de otros lugares), algunos se arman para enfrentar a sus propios coterráneos convertidos en vándalos por una noche.
La llamada Semana Mayor será mayúscula pero en contrastes. Desde pequeños se nos habla de recogimiento y ayuno, pero el Miércoles Santo se observan en los súper y licoreras largas filas de gente con gran cantidad de latas de cerveza y botellas de licor. Me atrevo a decir que hay personas que rompen su récord anual durante este fecha.
Mientras muchos celebran el triunfo de la vida sobre la muerte con recogimiento y reflexión; otros imponen la inexorable lógica contraria: para morir solo hay que estar vivo.
Cuando el lunes salimos del sopor (en algunos provocado por el onírico incienso; en otros por el espíritu del alcohol y el humo de otras yerbas) nos percatamos de los 41 cristos nuevos que pusimos en los cementerios de forma violenta.
Encontraron su calvario en las calles, en las aguas del descuido, en manos de un asesino o en las suyas propias.
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