Lo escribí el viernes pero el corte repentino de la electricidad me impidió publicarlo. Ya se sabe lo que pasó, pero era sencillo preverlo.
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Son obreros de la construcción en su mayoría.
Nada los exime de levantarse temprano y llegar a tiempo al trabajo. Sienten el calor creciente de la mañana, reciben en su nuca el sol del mediodía y terminan agotados al ponerse el sol.
Saben batir “mezcla”, pegar blocks, repellar paredes. Pero también aman el fútbol y a su país.
Sin que nadie les pague un cinco, entrenan con su equipo después de una extenuante jornada. ¿Qué los mueve? La pasión, el amor, la convicción, el sentimiento, el país. Póngale algo. Definitivamente, el dinero no es. La fama tampoco.
Mañana ese grupo de trabajadores (de verdad) se enfrentará a la flamante Selección de Costa Rica. La que tiene legionarios que disfrutan los goces de Europa. La de salarios millonarios –en esta tierra de salarios mínimos— y “premios” por debajo de la mesa si ganan partidos por los cuales ya les pagan (¡?). La de jugadores que persiguen las modelos como moscas a la miel. Esa misma plagada de figurines de farándula que repiten las mismas frases vacías y prefabricadas frente a una cámara, frente a un micrófono. La que se concentra en hoteles de montaña, de playa, cinco estrellas, con dietista, masajista, preparador físico y un largo séquito de asistentes y especialistas.
“No esperen goleadas”, dijo el técnico, proveniente de la misma simiente que prohijó a sus pupilos. “Granada es un buen equipo, las distancias se han acortado mucho”.
Lleva razón. Granada es un gran equipo. Mejor que Costa Rica. Sus jugadores tienen algo que los nuestros perdieron hace mucho tiempo. Humildad, grandeza, pundonor. No basta decir que “lo daremos todo”. Hay que demostrarlo y parece que nuestro equipo no lo ha hecho.
No sé si Granada supere mañana a Costa Rica en el marcador, pero para mí ya ganó.
Esto nos desnuda como equipo, como país y, en lo personal, me interpela directamente.
