Una lluvia pertinaz dio al traste con uno de los conciertos que más esperaba para este año, el de Juan Luis Guerra (me acuerdo todavía de su presentación en mis tiempos de cole en Liberia, la primera vez que vino).
Es paradójico, porque debería estar enojado o decepcionado al menos por un concierto que se pasará para el día siguiente, hábil e incómodo para quienes trabajamos y no podemos darnos el lujo de tomarnos de un día para otro semejante licencia en época de cierres. Pero no es así. Estoy triste, como si el oscuro cielo que diviso a través de la ventana de mi apartamento, en un rincón hoy silencioso de Barrio Don Bosco, me hubiese contagiado su color gris.
La súbita nostalgia que me atacó y la cancelación del concierto de Juan Luis Guerra solo me provocan sumirme más en la calidez de las sábanas, ver malas pelis en la tele y escribir un poco para aliviar un poco el espíritu.
Afuera ya la lluvia cesó. Ya hizo su parte. Convirtió en lodazal la improvisada zona de concierto.