El cuchitril

Entradas de Diciembre 2008

Un año

Diciembre 30, 2008 · 10 comentarios

Decir que el año se fue volando, sería un lugar común (aunque no por eso menos cierto).

Lo cierto es que este año, al menos para mí, fue un año de pruebas, obstáculos y desafíos. No todos superados, pero sí que me hicieron creer en muchos sentidos o me desnudaron en otros.

Un año que me gastó más de lo usual, me mostró lo que vale la lealtad y, hay que decirlo, también el amor.

En lugar de hacer una lista de cosas por hacer (somos tan buenos para hacerlas) mejor miro atrás, me traigo conmigo lo bueno y veré si puedo enterrar lo malo.

Decir que habrá crisis parece ser otro lugar común. Afirmar que “entraña una oportunidad” no lo es menos. Mejor vamos pasito a pasito, porque por el momento el pasito que tengo que dar está muy lindo y solo en él quiero pensar. Es de un día, como el de los AA.

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La navidad

Diciembre 19, 2008 · 4 comentarios

Como diría un excompañero del colegio: “siempre que pasa igual, sucede lo mismo”. La duración de la Navidad es proporcionalmente inversa a las ganas que uno tiene de vivirla, o al menos esa es mi experiencia.

De carajillo, la esperaba con ansias y cuando llegaba había una lista de cosas sin las cuales no podía decir que aquello fuera una verdadera Navidad. Voy a listar algunas, las más “gruesas”, de una lista inmensa de pequeños detalles que henchían el corazón de felicidad. (con lástima tengo que decir que muchas ya pasaron a la historia).

1. Los tamales. Como la casa de mis papás quedaba entre cafetales, el rito de la “tamaleada” arrancaba con la característica orden que mami nos dirigía a mi hermano y a mí para nos coláramos por la cerca del cafetal vecino y, con cuchillo en mano, fuéramos desflorando los palotes para obtener las mejores hojas.

2. Los villancicos. Como buen hijo de cartaga, la cosa pasaba por sintonizar la antes llamada Radio Rumbo (hoy Sinfonola) y escuchar la grave voz de Carlos Lafuente leyendo interminables listas de saludos (por cierto, mi nombre nunca fue pronunciado), uno que otro villancico y el acostumbrado “cuento del día” (con voces mexicanas y el toque malévolo del órgano).

3. Ver cuentos animados de Navidad. Los canales de tele abierta (en ese entonces en mi choza lo más cercano al cable era el canal 19) tenían la buena costumbre de programar bellos cuentos de navidad y la literatura universal (por ejemplo, los célebres “El príncipe feliz” y “El gigante egoísta” de Óscar Wilde). Ahora la única programación navideña que pasan son los infumables anuncios de promociones navideñas, vender, vender y vender.

4. El portal. A Dios gracias, en mi choza el pesebre, portal o pasito sigue teniendo el lugar de privilegio –por encima de cualquier gordo barbudo y borracho o arbolito navideño, por muy ciprés que sea—. Hay dos cosas bien tuanis que siempre recuerdo: mi tata jalándose unas super chozas para la divina familia (con toda clase de exquisiteces en bambú, tronquitos o esterilla) y el ritual viaje el Monte de la Cruz para conseguir la lana. En éste último, era menester dejarse guiar por un baquiano tan ameno como marifufo: mi primo Arturo.

5. Las cogidas de café. Bajar la fruta, apear la uva, coger yodo, ir a las olimpiadas, llámele como quiera, esa actividad económica y social que tanto marcó a nuestro país y, particularmente, mi zona de crianza siempre tendrá ese sabor a Navidad. Había que ver cómo odiaba yo meterle mano a las seis de la mañana, con ese frío, a las matas todas mojadas. Pero eso sí, nada más rico que echarse el gallo pinto con salchichón frío (el mejor almuerzo del mundo y a la mejor hora: 9:30 a.m.!!!!).

6. Recibir un regalito ya fuera por obra y gracia de los sacrificios de mis tatas o comprado con el sudor de la frente en el cafetal, la construcción o el salón de restaurante. Casi siempre se trataba de ropa y cuando más carajillos nos daban un juguetito, siempre era modesto y bien recibido. Nunca fue un obstáculo para mi imaginación transformar en nave espacial ultra futurista cualquier cunchejo que tuviera a mano y lanzarme a conquistar las tierras inhóspitas de mi cubre cama, que yo veía exactamente como si fueran los suelos rojos de Marte.

Hoy por más que busco, no encuentro nada de esto en los centros comerciales y las pequeñas alegrías que hacían de la época la más linda del año han ido pereciendo ante de una avalancha de chunches caros o sofisticados.

¡Qué ganas de volver atrás! Pero por más que lo quiera, solo puedo acordarme de aquellos tiempos, sonreír un poco y sentir que los ojos me pican.

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Vendamos más albóndigas

Diciembre 9, 2008 · 5 comentarios

Si tuviera que escoger la palabra de moda, seguramente sería “crisis”.

Doquiera se escucha o lee una palabra tan añeja como actualizada, gracias a causas que a veces nos resultan abstractas o ajenas.

Tanto se repite que, aun cuando su profundidad nadie la conoce a ciencia cierta, terminará convirtiéndose en realidad a fuerza de creerlo a pies juntillas. Es lo que los economistas llaman efecto Pigmalión, en honor al legendario Rey de Chipre que se enamoró de una escultura femenina de su propia creación.

Quienes gustan de la literatura, encontrarán la historia en la obra Pigmalión del escritor estadounidense George Bernard Shaw.

Según este fenómeno (también explicado por Robert Merton bajo el nombre de self fulfiling prophecy), las creencias y las expectativas de la gente afectan tanto la conducta con respecto a alguien o algo, que se terminan confirmando dichas expectativas. En el caso que nos ocupa, ese “algo” es la “crisis”.

En palabras sencillas, hay poco que hacer cuando la expectativa está definida porque, aún cuando resulte ser falsa, tendemos a actuar en dirección a ella. El resultado: ésta se materializa.

Mi hermano me envió una historia que habla de un hombre que vendía ricas albóndigas con pan, al lado de la carretera. El hombre no ponía mucha atención a lo que decían los periódicos, la tele o la radio, pero sí a su negocio. Alquiló un terreno, colocó una gran valla y a grito pelado anunciaba sus “deliciosas albóndigas calientes”. La gente respondió favorablemente y el hombre tuvo que aumentar la cantidad de pan y carne para dar abasto.

Pudo comprar un terreno más grande y habló con su hijo –un estudiante universitario—para que le ayudara con el floreciente negocio. Pero éste le reprochó no mantenerse enterado de las noticias: “Viejo, ¿no escuchás la radio ni lees los periódicos? ¡Estamos sufriendo una grave crisis! La situación es realmente mala; peor no podría estar”.

El hombre pensó que si su hijo estudiaba en la universidad y leía los periódicos, debía tener razón. Compró menos carne y pan, quitó la vaya y se deshizo del terreno. Las ventas disminuyeron. “Tenías razón”, le dijo a su hijo, “Verdaderamente estamos sufriendo una gran crisis”.

La moraleja de la historia es obvia. Cuanto más hablemos de la crisis, más real la haremos. No hablemos de la crisis, sino de las oportunidades y desafíos que la situación actual nos plantea.

Si trabajamos para una empresa, pensemos en las nuevas cosas que podemos hacer para ser más valiosos y necesarios para nuestros jefes. Si tenemos una empresa, pensemos en hacer nuevos negocios.

Pensar en el fracaso, inexorablemente nos llevará a él. Si por el contrario asumimos una actitud positiva, y la contagiamos a nuestros allegados, habremos ganado algo al final del día.

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