Como diría un excompañero del colegio: “siempre que pasa igual, sucede lo mismo”. La duración de la Navidad es proporcionalmente inversa a las ganas que uno tiene de vivirla, o al menos esa es mi experiencia.
De carajillo, la esperaba con ansias y cuando llegaba había una lista de cosas sin las cuales no podía decir que aquello fuera una verdadera Navidad. Voy a listar algunas, las más “gruesas”, de una lista inmensa de pequeños detalles que henchían el corazón de felicidad. (con lástima tengo que decir que muchas ya pasaron a la historia).
1. Los tamales. Como la casa de mis papás quedaba entre cafetales, el rito de la “tamaleada” arrancaba con la característica orden que mami nos dirigía a mi hermano y a mí para nos coláramos por la cerca del cafetal vecino y, con cuchillo en mano, fuéramos desflorando los palotes para obtener las mejores hojas.
2. Los villancicos. Como buen hijo de cartaga, la cosa pasaba por sintonizar la antes llamada Radio Rumbo (hoy Sinfonola) y escuchar la grave voz de Carlos Lafuente leyendo interminables listas de saludos (por cierto, mi nombre nunca fue pronunciado), uno que otro villancico y el acostumbrado “cuento del día” (con voces mexicanas y el toque malévolo del órgano).
3. Ver cuentos animados de Navidad. Los canales de tele abierta (en ese entonces en mi choza lo más cercano al cable era el canal 19) tenían la buena costumbre de programar bellos cuentos de navidad y la literatura universal (por ejemplo, los célebres “El príncipe feliz” y “El gigante egoísta” de Óscar Wilde). Ahora la única programación navideña que pasan son los infumables anuncios de promociones navideñas, vender, vender y vender.
4. El portal. A Dios gracias, en mi choza el pesebre, portal o pasito sigue teniendo el lugar de privilegio –por encima de cualquier gordo barbudo y borracho o arbolito navideño, por muy ciprés que sea—. Hay dos cosas bien tuanis que siempre recuerdo: mi tata jalándose unas super chozas para la divina familia (con toda clase de exquisiteces en bambú, tronquitos o esterilla) y el ritual viaje el Monte de la Cruz para conseguir la lana. En éste último, era menester dejarse guiar por un baquiano tan ameno como marifufo: mi primo Arturo.
5. Las cogidas de café. Bajar la fruta, apear la uva, coger yodo, ir a las olimpiadas, llámele como quiera, esa actividad económica y social que tanto marcó a nuestro país y, particularmente, mi zona de crianza siempre tendrá ese sabor a Navidad. Había que ver cómo odiaba yo meterle mano a las seis de la mañana, con ese frío, a las matas todas mojadas. Pero eso sí, nada más rico que echarse el gallo pinto con salchichón frío (el mejor almuerzo del mundo y a la mejor hora: 9:30 a.m.!!!!).
6. Recibir un regalito ya fuera por obra y gracia de los sacrificios de mis tatas o comprado con el sudor de la frente en el cafetal, la construcción o el salón de restaurante. Casi siempre se trataba de ropa y cuando más carajillos nos daban un juguetito, siempre era modesto y bien recibido. Nunca fue un obstáculo para mi imaginación transformar en nave espacial ultra futurista cualquier cunchejo que tuviera a mano y lanzarme a conquistar las tierras inhóspitas de mi cubre cama, que yo veía exactamente como si fueran los suelos rojos de Marte.
Hoy por más que busco, no encuentro nada de esto en los centros comerciales y las pequeñas alegrías que hacían de la época la más linda del año han ido pereciendo ante de una avalancha de chunches caros o sofisticados.
¡Qué ganas de volver atrás! Pero por más que lo quiera, solo puedo acordarme de aquellos tiempos, sonreír un poco y sentir que los ojos me pican.